miércoles, 13 de febrero de 2013

Carta Pastoral de Cuaresma 2013

VIVIENDO LA CUARESMA-
ACRECENTAR NUESTRA FE


Queridos Hermanos en Cristo:


Este año la Cuaresma, al igual que la Semana Santa, se nos presenta muy pronto, a fines de marzo tendremos Pascua, y ya estamos transitando la Cuaresma.


La Cuaresma es un tiempo propicio para que, con la ayuda de Cristo Nuestro Señor y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como congregacional.


Despojémonos del hombre viejo con sus obras, y  revistámonos del Hombre Nuevo, Cristo, que lo es todo en todos (cf. Col 3,10-11).


La liturgia cuaresmal nos ayuda a recordar y enfatizar la Fe.



Nuestro drama es  terminar viviendo como quienes han renunciado a la Fe. La  conversión y la santificación real son siempre un don gratuito de la iniciativa  divina para lograr el encuentro personal de cada hombre con Cristo.


La Cuaresma nos ofrece la oportunidad de profundizar en la  importancia de la Sabiduría Divina, del compartir y de la caridad para asumir  nuestro compromiso cristiano. La lectura de la Sagrada Escritura es un camino  privilegiado para ahondar en nuestra relación con Dios pues la luz de su  Palabra nos ayuda a hacer una lectura creyente de la realidad. Es necesario familiarizarse  con la Biblia sabiendo que como escribe San Juan Crisóstomo:


….“ningún acto de  virtud puede ser grande si de él no se sigue también provecho para los otros... Así pues, por más que te pases el día en ayunos, por más que duermas sobre el  duro suelo, y comas ceniza, y suspires continuamente, si no haces bien a otros, no haces nada grande”….…


La necesidad de la fe y la especial dificultad para suscitarla y cultivarla en nuestros días nos ha conducido, a centrar frecuentemente nuestra mirada en este tema capital que es el sostenimiento de la Fe.


La experiencia de la vivencia diaria hace que la creencia sea también vivencia. Al implicar más intensamente la mente, la voluntad y los sentimientos en la actitud creyente favorece el arraigo de la fe en la tierra del corazón humano. Si la experiencia no se aviva, la fe languidece. La misma experiencia de la fe como fenómeno social relevante podría quedar comprometida si no fuera impregnada por la experiencia.


Decía K. Rahner:


….«El hombre religioso de mañana será un místico, una persona que haya experimentado algo, o no podrá ser religioso, pues la religiosidad de mañana no será ya compartida como una convicción pública, unánime y obvia»…..


Alimentar la experiencia creyente en nosotros, motivados y comprometidos, en las practicas religiosas habituales y eventuales y en aquellos que viven una fe debilitada constituye un propósito capital de la Cuaresma. Es tan triste observar y ver la soberbia del intelecto, que se escuda en su incapacidad de Fe , en el discurso lamentable de : yo no necesito la vida religiosa. Orientar y alentar a los responsables eclesiales  y miembros de nuestra Iglesia, ya que nadie estamos exentos de crisis de Fe, a la  tarea delicada, que es propósito fundamental de nuestra razón  de ser como Iglesia de  invitar a los indiferentes, sensibles a nobles inquietudes humanas, a aproximarse al mundo de la experiencia de la fe.


En primer lugar, intentemos describir algunos factores que, en nuestro tiempo y en nuestra tierra, dificultan la emergencia de la experiencia humana, al mismo tiempo que procuremos identificar los signos indicadores de una búsqueda de la experiencia religiosa, que se deja notar también en diferentes fenómenos sociales. En un segundo lugar, veamos en qué consiste nuestra fe enriquecida por la experiencia y cuáles son los rasgos comunes y distintivos de la experiencia religiosa cristiana.


La preocupante distancia entre la experiencia humana en su conjunto y la experiencia individual no es un fenómeno totalmente exterior a la comunidad creyente. Es cierto que la fe de una notable minoría es viva, vigorosa, sentida. Se encuentran como en su casa en el mundo de la fe. Para muchos, es connatural ser creyentes, mostrarse como tales, comprometerse en nombre de su fe. Aunque no son ajenos a las tensiones entre su experiencia creyente y eclesial y el conjunto de su experiencia vital, no se sienten ni separados ni extraños en la atmósfera de la comunidad de la fe. Su experiencia familiar, profesional, social y lúdica se armonizan básicamente con su experiencia de fe.


Los tres últimos siglos de la historia de Occidente están marcados por una grandiosa valoración de la razón humana, demasiado subestimada en épocas anteriores. Con todo, ésta tiende a ser considerada como la única fuente de conocimiento, la gran solución de los problemas que aquejan a la humanidad. La inspiración y la revelación, como fuentes de verdadero conocimiento fueron primero infravaloradas y después descalificadas.


Paso a paso, esta razón exaltada ha ido reduciéndose de manera preocupante: las ciencias basadas en la experiencia y la técnica que las aplica a la solución de nuestras necesidades serían su único campo legítimo. «De lo que no se tiene experiencia es mejor no hablar» (L. Wittgenstein). Todo lo demás pertenece al mundo de los prejuicios irracionales o al de los sentimientos subjetivos.


Esta mentalidad ha ido trasvasándose de las minorías ilustradas a la muchedumbre de ciudadanos, que se inclinan a pensar y sentir así. Preguntar por el sentido de las cosas no sería científico ni razonable. Como la religión es, entre otras cosas, una respuesta a la pregunta por el sentido de la vida, no es extraño que quede culturalmente marginada.


Pero la experiencia colectiva de la humanidad va descubriendo con el tiempo que las ciencias y la técnica, que tantos problemas ha resuelto y tanto progreso ha acarreado, no resuelven, sino que a veces agravan, otros problemas importantes como, p.e., la distribución de la riqueza, las relaciones internacionales, la conservación de la naturaleza... En el panorama espiritual de nuestro tiempo va tomando cuerpo la inquietud: «nada de lo que existe tiene auténtico valor; nada merece la pena de verdad».



La libertad adorada y banalizada


El extraordinario descubrimiento de la libertad es otro de los grandes logros de los tiempos modernos. Éstos se caracterizan no sólo por el hecho de atreverse a pensar por cuenta propia superando todo dogmatismo, sino también por atreverse a ser libres, deshaciéndose de toda esclavitud. La libertad de los ciudadanos frente al poder de la autoridad, la libertad de los trabajadores frente a los empresarios, la libertad de los pueblos sojuzgados por otros pueblos, la libertad de la mujer, la libertad ante la religión impuesta, han supuesto pasos importantes (algunos todavía en parte pendientes) en el verdadero progreso humano.


Como todo lo humano, también el noble valor de la libertad lleva consigo sus propios excesos interiores. Adorada casi como un dios, la libertad se convierte demasiadas veces en un cultivo narcisista de la propia individualidad. En aras de una libertad así vivida, muchos ciudadanos se sienten liberados, o al menos aliviados, de la interpelación que la ética nos dirige a través de nuestra conciencia. Una libertad así practicada segrega en seguida nuevas esclavitudes que lo encadenan miserablemente. Pensamos en las adicciones tan patentes en nuestra sociedad de la abundancia. Una libertad de este signo adormece la sensibilidad humana y difumina también el vínculo saludable de dependencia de los seres humanos con el Dios de nuestra fe.


La mentalidad y sensibilidad predominantes


La razón exaltada y reducida, y la libertad adorada y banalizada han contribuido a la creación de un clima cultural de rasgos diferentes y, a la vez, convergentes. El utilitarismo, el pragmatismo, la «cultura de la satisfacción», la prisa crónica, la vida excesivamente programada, la esclavitud en torno a la realización del propio proyecto, son algunos de sus componentes más destacados.


La actitud utilitaria y pragmática que pregunta, casi exclusivamente, para qué sirven las cosas, o bien se desinteresa por Dios, su Origen y su Destino, o bien tiende a reducirlo a un lacayo a su servicio.


La cultura de la satisfacción, acaba degradando la nobleza del deseo humano que tiende no sólo a ver satisfechas sus necesidades inmediatas (a veces artificiales), sino sobre todo a abrirse a grandes inquietudes humanas y religiosas y a buscar no tanto el goce cuanto el gozo que ellas prometen.


La prisa que se ha impuesto, sobre todo en las sociedades industriales, nos vuelve impacientes para contemplar la realidad y formularnos preguntas  fundamentales  en la vida como;: «¿Qué es lo que podemos saber? ¿Qué es lo que debemos hacer? ¿Qué nos cabe esperar? ¿Qué es el hombre?». La vida se convierte así en banal y superficial. En este contexto no tienen casi cabida la pregunta por Dios, su búsqueda y su contemplación.


La vida exhaustivamente programada y enfocada a la realización del proyecto que nos hemos forjado para nosotros mismos, nos incapacita para escuchar a nuestro propio corazón, para esperar a Cristo en nuestro corazón, ahondar  en cual es Su manifestación sobre nuestra existencia y dejarnos guiar por Él-


Proliferan en nuestra sociedad un cúmulo de «Movimientos sin Dios» que fagocitan las condiciones para experimentar su presencia. Siempre que una realidad humana, por noble y valiosa que pueda ser, se convierte en un absoluto, se vuelve incompatible con el Dios Absoluto. El dinero, el poder, el placer, la patria, la misma familia pueden convertirse en absolutos socialmente reconocidos y desplazar al Único que de verdad es el Primer Valor. «Cuando los hombres nos erigimos en absolutos acabamos crucificando al Absoluto» (J. I. González Faus).


Podemos también observar,  cierta debilidad religiosa en clérigos y en comunidades religiosas. Tal vez la anemia espiritual de bastantes de nosotros sea uno de los problemas preocupantes del actual panorama espiritual  . Quizás nuestros mismos programas religiosos se resientan de un déficit de vigor que no puede ser suplido ni por una cuidada organización ni por un voluntarismo extenuante. Nuestra vida y testimonio no brotarán sino de un cultivo intenso y denodado de la espiritualidad. He aquí una de las gracias que hemos de pedir ardientemente y con la que hemos de colaborar abnegadamente.


En medio de todas las dificultades y oscuridades, Dios está aquí en nosotros, entre nosotros, en el mundo. «El hombre es un ser con un Misterio en su corazón, que es más grande que él mismo» (H. U. von Balthasar). Este misterio se ha dado a conocer a los humanos y ha originado, en culturas muy diversas, religiones diferentes que lo evocan de forma diferente y adoptan ante él actitudes diferentes. La actitud fundamental de la religión judía es la obediencia fiel a Yahvé. El islamismo subraya ante todo la sumisión incondicional a Alá. El hinduismo acentúa la entrega confiada a Aquello. El budismo, la extinción del propio deseo ante lo Absoluto. El cristianismo se condensa en la adhesión a Cristo por la fe, la esperanza y el amor. El Jainismo nos propone a Dios en Todo y en Todo y por último  el Sikkismo la abnegada entrega sublime a la Ley Divina. El más precio aporte de la Iglesia Católica Liberal al mundo es la integración religiosa basada en el origen Divino de todas las Religiones.


Feliz Cuaresma para todos.


Cuaresma del Año del Señor de 2013 .



   MIGUEL ANGEL BATET
   OBISPO REGIONARIO DE ARGENTINA
   OBISPO COMISARIO DE BRASIL Y URUGUAY

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